Abdel Rahman Sabha tenia 19 años cuando ayer se lanzó con vítores, cantos y su pañuelo palestino enrollado en el cuello hacia la frontera libanesa con Israel, lo que el consideraba Palestina. Agarró una piedra y la lanzó. Una bala le perforó el pecho. Cayó al suelo. Fue alzado por sus compañeros que vieron como se extinguió en breves segundos su último hilo de vida. Hoy le lloran los suyos. Reposa amortajado sobre una camilla transportada por miles de palestinos en su campo de refugiados, Ein El Helwe, en la sureña ciudad de Sidón. Le acompañan miles de refugiados como él, unos jóvenes, otros mayores. Milicianos armados con rifles, kalashnikovs y pistolas disparan al aire. Las mujeres vestidas de negro, rezagadas en la cola de la comitiva, cantan por el mártir , por los hijos caídos y piden la “muerte” de Israel.